Wilson Ávila ‘Todo terreno’

20 marzo 2008

Wilson Ávila fue un jugador que poseía fuerza, temperamento y habilidad con el balón. No existieron secretos para él en la práctica del fútbol, donde descolló también por su gran preparación física, con lo que se 'comía' toda la cancha.
Ávila se inició en la práctica deportiva siendo aún muy niño en las calles de su natal Vallegrande, donde ya descollaba a muy temprana edad.
A la edad de seis años tuvo que trasladarse, junto a toda su familia, a la ciudad de La Paz, donde tuvo la oportunidad de participar en un torneo de fulbito para menores que se llamaba Botines de Oro y que era auspiciado por la radioemisora Méndez, en el que participaban diversos clubes de los barrios paceños. Él formaba parte de uno de Calacoto y salieron subcampeones.

Luego estuvo en la cuarta especial del Club Municipal, donde jugó, como lo hizo desde un principio como punta de lanza, con el número nueve en la espalda. Por cuestiones económicas, no pudo continuar entrenando, pues no le alcanzaba el dinero para trasladarse hasta Sopocachi, donde tenía su cancha el equipo comunero.
A inicios de los años 70, retornó junto a su familia, en busca de mejores horizontes, a la capital cruceña.
Aquí fue partícipe de los campeonatos interbarriales que realizaba el padre Enrique Bujold, con un equipo de la zona de la Villa San Luis, Estudiantes, convirtiéndose en una de sus figura.
Gratos recuerdos y otros no tanto le vienen a la mente su paso por el colegio Don Bosco, donde destaca la figura del hermano salesiano Aldo Rosso, gran impulsor del deporte y la religión en esos años, que tenía una forma especial de castigar a los muchachos.
De ahí se incorporó a las inferiores del club San Martín, donde estuvo en diversas categorías, para luego integrar, entre 1978 y 1979, en Callejas Bancario de la categoría A de la Asociación Cruceña de Fútbol.
En ese tiempo fue convocado para la selección preolímpica que participó en un torneo en Colombia y a la selección juvenil cruceña que fue campeón nacional en Trinidad, donde salió goleador.
A raíz de esta actuación fue convocado al combinado nacional que participó en el Juventud de América, en Ecuador. En este torneo jugó como 10.
Tras su regreso al país se incorporó a Oriente Petrolero. En un primer partido amistoso jugó con la 9 en la espalda, pero luego bajó como número 8, ya que con la 10 estaba Toninho, figura del equipo albiverde.
Recuerda que en ese entonces el profesor Antonio de la Cerda alabó su carácter polifuncional, pues se adaptaba a cualquier puesto. es más, sostiene que en el único puesto que nunca jugó fue en la de arquero, aunque en un partido en Cochabamba estuvo a punto de ponerse bajo los tres palos ante la lesión del portero titular y la expulsión del suplente. Por ello, con el paso de los años y cuando estaba bajo la dirección técnica del chileno Raúl Pino, éste le puso el apodo de ‘todoterreno’.
En el equipo verdolaga estuvo desde el 80 hasta el 91, con un paréntesis de un año, en 1987, que militó en The Strongest de La Paz.
En 1992 jugó en Real Santa Cruz, en 1993 en Blooming, en 1994 se fue a San José de Oruro, en 1995 retornó a Santa Cruz para jugar en Destroyers, luego pasó a Independiente de Sucre y culminó su carrera como campeón en Blooming.
En 1985 defendió la divisa nacional en las eliminatorias para el Mundial de México y en 1987 en una Copa América.
Participó también en cuatro copas Libertadores con Oriente Petrolero y una con el conjunto celeste cruceño.

Perfil

Vallegrandino de pura cepa

José Wilson Ávila Ávalos nació en Vallegrande el 19 de abril de 1958 en el hogar de los esposos Sergio Ávila y Justa Ávalos, conformado también por sus hermanas María Teresa y Carmen Ruth. Casado con María Luisa Salas tiene tres hijas: Jessica Vanessa, Maira Alejandra y Nedenka. Estuvo trabajando en la Prefectura cruceña, pero, debido al recorte de los recursos del IDH, fue cesado a fines del año pasado. Juega en torneos de barrio y también en la Mutual.

El año 1985 fue el de su consagración
Coincidiendo con las buenas actuaciones realizadas entre 1984 y 1985, ese año fue premiado por la firma Penalty como el mejor jugador de la Liga Profesional del Fútbol Boliviano.
La empresa de artículos deportivos lo distinguió debido al pundonor, la entrega y su desempeño en las canchas de todo el país, de lo cual ahora se siente muy orgulloso.
Esa misma temporada, el Círculo de Periodistas Deportivos de Santa Cruz lo galardonó con la Victoria Alada, trofeo que guarda con gran cariño y que muestra con especial orgullo.
En esa época, con grandes jugadores, recibir esas distinciones no era una cosa simple, había que rendir mucho en la cancha, sostiene en este punto Ávila.
Posee también otros trofeos y preseas acumuladas durante su largo recorrido por el fútbol profesional, como así también otros premios obtenidos en torneos de barrios, a los que es llamado permanentemente.
Hace unos meses sufrió una grave lesión en una pierna, de la que hoy está recuperado

Anécdotas y algo más

Profesores

Wilson Ávila tuvo en su dilatada vida futbolística muchos entrenadores, pero guarda especial aprecio, por las enseñanzas que le dejaron Eduardo Guilarte, Luis Terán, el brasileño Antonio de la Cerda y el chileno Raúl Pino
Compañero y amigo
Wilson destaca a su gran colega, amigo y compadre, José Luis Valverde como a un gran compañero dentro y fuera de la cancha, aunque señala que hace unos tres años que no lo ve al popular ‘Cuchuqui’, que se encuentra trabajando en España.
Mejor partido
Un partido jugado en el Morumbí en 1985 por las eliminatorias contra Brasil, fue donde tuvo su mejor despliegue futbolístico. “Hice maravillas y fui catalogado por la misma prensa brasileña como el mejor de la cancha”, dijo.
Longevo
Wilson Ávila se retiró en 1999, cuando tenía 41 años y todavía le quedaba cuerda para rato, sostiene.

Opinión

El hombre orquesta
Jaime Galarza S. / Periodista

Wilson Ávila era de aquellos jugadores que todos los entrenadores quieren tener en su plantel por su polifuncionalidad. Se desempeñaba bien en cualquier sector del mediocampo e incluso algunas veces jugó de marcador lateral. Todo le resultaba fácil por su envidiable condición física y su buena técnica. Era incansable, ágil y liviano. Arrancaba casi siempre como “8”, en el carril derecho, sin embargo conforme pasaban los minutos se adecuaba a las circunstancias del partido, y su despliegue le permitía dar una mano donde haga falta. A las cualidades apuntadas, Wilson le sumaba su capacidad para entender el juego, sabía qué hacer y cómo hacer las cosas, y tenía la picardía de los que se forman corriendo detrás de una pelota en las canchitas de los barrios. Se le notaba al tiro la impronta del potrero, el baldío que da rienda suelta a los talentos.
Al mejor Ávila se lo vio en Oriente Petrolero, que lo incorporó por sus destacadas actuaciones en San Martín. Cambiaban sus compañeros en el medio pero él se mantenía firme. Formó sociedades importantes con “Cuchuqui” Valverde, con Amodeo, con Rómer Roca, volantes de contención que lo tenían como una rueda de auxilio. Fue un jugador de ida y vuelta permanente. Su tarea no se limitaba a acciones defensivas, también se sumaba de manera permanente al ataque, habilitando compañeros, encarando rivales y llegando a posición de gol. Gambeteaba y le pegaba bien a la pelota. Por eso no desentonaba cuando le tocaba acompañar a Celio o Chichi Romero en la misión de crear en la zona de gestación. No exageramos con los elogios. Destacó como un mediocampista con muchos atributos futbolísticos y, además, actitud ganadora y alegría para jugar. Todo esto lo llevó a la selección nacional.
Cuando terminó su exitoso ciclo en Oriente, siguió aportando su fútbol en varios clubes (The Strongest, Independiente Petrolero, Destroyers, Blooming), con el entusiasmo, la humildad y la lealtad de siempre. Wilson Ávila, un buen jugador que no se sacó nunca el overol.

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